domingo, 8 de agosto de 2010

Agosteros

Llevaba ya un par de meses viéndolo venir, temiendo la inevitabilidad de su llegada y sin embargo intentando evitarlo por todos los medios habidos y por haber. Pese a todo, y como todo lo ineludible en esta vida, agosto llegó, y con él la horda de turistas agosteros que plagan las pesadillas de todos aquellos que trabajamos en el mundo del turismo.
Lejos quedan los días de julio en que los turistas venían al festival de teatro y, llenos de cultura (a menudo acompañada de buenas dosis de pedantería intelectualoide, para qué negarlo), aprovechaban para disfrutar de un pedazo de historia por mera curiosidad intelectual. O por presumir ante los amigos, que a veces viene a ser lo mismo. Quedan ahora los turistas borreguiles que siguen la guía turística de turno así les lleve a tirarse por un peñasco - eso sí, un peñasco recomendado - ; vestidos todos ellos con atuendos de los que se avergonzarían en condiciones normales, sazonados con cámaras de fotos, vídeo y demás artilugios tecnológicos, no vaya y sea que se nos queden cinco minutos del viaje sin grabar, fotografiar, catalogar para después dar el peñazo a vecinos, amigos y familiares.
Y lo peor, el momento pregunta. Ese momento tras haberles dicho el precio en el que se miran entre ellos, te miran a ti, y con cara de entre asco y desdén te preguntan: "¿Pero vale la pena?". Ea. Con dos pares.
No hijo, no; no vale la pena. Si me estás preguntando si la visita al palacio que fue el centro de la cristiandad y, por extensión, del mundo occidental, durante más de un siglo merece la pena, quiere decir que no. No malgastes las pocas neuronas en funcionamiento que te quedan en esto, guárdalas para las funciones vitales, no vaya y sea que se te olvide respirar.
Menos mal que agosto sólo dura un mes.

2 comentarios:

  1. Ohh... agosteros... yo los sufro 12 meses al año, aunque de otra manera, no desde el sector turismo. Lo peor de todo es llegar a verse convertido en uno de ellos.

    Saludos!

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  2. Sí, la verdad es que tampoco tiene que ser divertido chuparse las miles de horas de cola para todos los sitios, los gritos, la música a todo volumen del vecino, la abuela que se queja... Pero bueno, que tampoco tienen por qué pagarlo con nosotros, ¡leñe!
    ¡Valor, Andrea, valor!

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