Madrileña de pro, en cuanto la temperatura ha subido de 20º no he dejado de dar la plasta a mi francesito para ir a la playa, que para eso estamos al lado y una no está acostumbrada aún a estos lujos. Al poco, y supongo que para evitar asesinarme por pesada (eso es amor), tuve mi primer día de playa de este año.
Las playas del Meditterráneo se parecen mucho unas a otras, estén en Francia o en España. Uno llega, busca un sitio sin demasiado personal alrededor y clava el palo de su sombrilla a modo de bandera de conquistador. Una vez las toallas extendidas en la arena alrededor de la sombrilla y los cuerpos embadurnados de crema protección 50 (que, pese a ser española, una es más blanca que una camisa lavada con Ariel), llega el momento parrilla: 20 minutos de un lado, 20 del otro.
Pero no todo es igual. No ves al vendedor de aguacervezacocacola típico de las playas españolas, como tampoco encuentras los míticos quioscos de helados Mika. Lo que sí ves pasar son los carritos de helados, anunciados siempre con la misma tonadilla: "Beignets, chouchous!". Para los que no hablen francés, se lo traduzco: beignets, son buñuelos, y chouchous son almendras garrapiñadas.
Sí, en un dia de playa con 35º a la sombra, a los francesitos lo que se les antoja son buñuelos, habitualmente rellenos de chocolate. Algo así, ligerito y fresco.
Hay días en los que sospecho seriamente que los franceses son una raza diferente.
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martes, 2 de agosto de 2011
viernes, 31 de julio de 2009
¡Vamos a la playa!
Venid y ved, oh humildes mortales habitantes de áridas ciudades continentales, y envidiad el día de playa que tuve el privilegio de disfrutar el domingo pasado.
Y es que el domingo me levanté prontito para coger un tren hacia Marsella, donde un amable couchsurfer me esperaba con su coche para llevarme a descubrir la costa. Por la mañana, pequeña playa de rocas cerca de Bandol, perfecta para ir tomando contacto con el mar sin el agobio de las hordas de bañistas veraniegos que atestan las playas por estas fechas.

Una vez ya tostaditos (¡cómo pega el solecito por estos lares en junio, madre mía!), decidimos ir a buscar comida a Sanary, con la suerte de encontrar un mercado de fruta que saqueamos casi por completo. Y a comer al borde del mar, faltaría más.

Tras la orgía de fruta, salimos en búsqueda de otra playa, y esta vez dimos con una cala rocosa escondida tras un monte, con unas vistas de las que quitan el aliento. Y ahí me enorgullezco de haber logrado vencer mi pertinaz vértigo y haber saltado al agua desde las rocas (3 metros no parecen gran cosa hasta que subes y miras abajo...). Y luego a tostarse un poco más, por si acaso no había cogido todavía suficiente color guiri (es decir, rojo gamba).


Para terminar el día, pizza y puesta de sol en una playa de arena a medio camino entre Bandol y Sanary. Sinceramente, espectacular.

Y esta ha sido la gesta de mi descubrimiento de la Costa Azul. Espero que la hayáis envidiado, y recomiendo vivamente que os animéis a explorarla por vosotros mismos; merece la pena.
¡Pero como me gusta vivir al Sur!
Y es que el domingo me levanté prontito para coger un tren hacia Marsella, donde un amable couchsurfer me esperaba con su coche para llevarme a descubrir la costa. Por la mañana, pequeña playa de rocas cerca de Bandol, perfecta para ir tomando contacto con el mar sin el agobio de las hordas de bañistas veraniegos que atestan las playas por estas fechas.

Una vez ya tostaditos (¡cómo pega el solecito por estos lares en junio, madre mía!), decidimos ir a buscar comida a Sanary, con la suerte de encontrar un mercado de fruta que saqueamos casi por completo. Y a comer al borde del mar, faltaría más.

Tras la orgía de fruta, salimos en búsqueda de otra playa, y esta vez dimos con una cala rocosa escondida tras un monte, con unas vistas de las que quitan el aliento. Y ahí me enorgullezco de haber logrado vencer mi pertinaz vértigo y haber saltado al agua desde las rocas (3 metros no parecen gran cosa hasta que subes y miras abajo...). Y luego a tostarse un poco más, por si acaso no había cogido todavía suficiente color guiri (es decir, rojo gamba).


Para terminar el día, pizza y puesta de sol en una playa de arena a medio camino entre Bandol y Sanary. Sinceramente, espectacular.

Y esta ha sido la gesta de mi descubrimiento de la Costa Azul. Espero que la hayáis envidiado, y recomiendo vivamente que os animéis a explorarla por vosotros mismos; merece la pena.
¡Pero como me gusta vivir al Sur!
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