Aqui estoy, empleando mis ultimos minutos en Italia en escribir en mi manida libreta mis impresiones sobre este pequeno gran viaje (me disculpen por la falta de acentos, pero escribo con un teclado ajeno en el que vaya usted a saber donde andan escondidos).
Italia es el pais en el que todos los topicos son reales; un pais en el que no esta muy claro donde acaba el gobierno y donde empieza la mafia, un pais en el que no se puede andar mas de diez metros sin ser cortejada por un elegante galan italiano, uno de los paises con la gastronomia mas rica y abundante del mundo, un pais en el que la mamma es la reina de la casa, porque la mamma italiana es mucha mamma.
Italia es apasionada, intensa, diferente, sorprendente.
Creo que en este viaje improvisado he sido feliz.
Dentro de cuatro horas pisare por ultima vez suelo italiano antes de volar de vuelta a casa, y me digo en mi fuero interno que a lo mejor no seria tan mala cosa perder el avion...
No quiero volver. No quiero, no quiero y no quiero.
Mis aventuras por estos lares las relatare en proximas entregas, porque ahora Cagliari me espera para decirme
arrivederci!
martes, 8 de septiembre de 2009
lunes, 3 de agosto de 2009
Adiós
Hoy vuelvo a mudarme, esta vez a un apartamento para mi solita en el último piso de mi residencia. En mis últimos momentos en mi ahora ex apartamento, pienso en los momentos vividos y me despido, lágrimas en los ojos.
Adiós a las compañeras de piso que no limpian jamás y no respetan tu intimidad.
Adiós a entrar de puntillas cuando llego tarde por la noche para no despertar a mi compañera.
Adiós a los techos altísimos, refugio de arañas y demás bichejos inmundos.
Adiós a las ventanas que dan a la calle, a los bocinazos, a la chirriante puerta de entrada, al camión de la basura de las 6 de la mañana.
Adiós al ritmo frenético del vecino de arriba, y a la música ochentera de las de al lado.
Adiós a los vecinos de enfrente; la vieja señora cotilla, el árabe de la música tecto, el de la guitarra a la hora de la siesta, el masturbador compulsivo.
Me parece que al final tampoco lo echaré tanto de menos...
Adiós a las compañeras de piso que no limpian jamás y no respetan tu intimidad.
Adiós a entrar de puntillas cuando llego tarde por la noche para no despertar a mi compañera.
Adiós a los techos altísimos, refugio de arañas y demás bichejos inmundos.
Adiós a las ventanas que dan a la calle, a los bocinazos, a la chirriante puerta de entrada, al camión de la basura de las 6 de la mañana.
Adiós al ritmo frenético del vecino de arriba, y a la música ochentera de las de al lado.
Adiós a los vecinos de enfrente; la vieja señora cotilla, el árabe de la música tecto, el de la guitarra a la hora de la siesta, el masturbador compulsivo.
Me parece que al final tampoco lo echaré tanto de menos...
viernes, 31 de julio de 2009
¡Vamos a la playa!
Venid y ved, oh humildes mortales habitantes de áridas ciudades continentales, y envidiad el día de playa que tuve el privilegio de disfrutar el domingo pasado.
Y es que el domingo me levanté prontito para coger un tren hacia Marsella, donde un amable couchsurfer me esperaba con su coche para llevarme a descubrir la costa. Por la mañana, pequeña playa de rocas cerca de Bandol, perfecta para ir tomando contacto con el mar sin el agobio de las hordas de bañistas veraniegos que atestan las playas por estas fechas.

Una vez ya tostaditos (¡cómo pega el solecito por estos lares en junio, madre mía!), decidimos ir a buscar comida a Sanary, con la suerte de encontrar un mercado de fruta que saqueamos casi por completo. Y a comer al borde del mar, faltaría más.

Tras la orgía de fruta, salimos en búsqueda de otra playa, y esta vez dimos con una cala rocosa escondida tras un monte, con unas vistas de las que quitan el aliento. Y ahí me enorgullezco de haber logrado vencer mi pertinaz vértigo y haber saltado al agua desde las rocas (3 metros no parecen gran cosa hasta que subes y miras abajo...). Y luego a tostarse un poco más, por si acaso no había cogido todavía suficiente color guiri (es decir, rojo gamba).


Para terminar el día, pizza y puesta de sol en una playa de arena a medio camino entre Bandol y Sanary. Sinceramente, espectacular.

Y esta ha sido la gesta de mi descubrimiento de la Costa Azul. Espero que la hayáis envidiado, y recomiendo vivamente que os animéis a explorarla por vosotros mismos; merece la pena.
¡Pero como me gusta vivir al Sur!
Y es que el domingo me levanté prontito para coger un tren hacia Marsella, donde un amable couchsurfer me esperaba con su coche para llevarme a descubrir la costa. Por la mañana, pequeña playa de rocas cerca de Bandol, perfecta para ir tomando contacto con el mar sin el agobio de las hordas de bañistas veraniegos que atestan las playas por estas fechas.

Una vez ya tostaditos (¡cómo pega el solecito por estos lares en junio, madre mía!), decidimos ir a buscar comida a Sanary, con la suerte de encontrar un mercado de fruta que saqueamos casi por completo. Y a comer al borde del mar, faltaría más.

Tras la orgía de fruta, salimos en búsqueda de otra playa, y esta vez dimos con una cala rocosa escondida tras un monte, con unas vistas de las que quitan el aliento. Y ahí me enorgullezco de haber logrado vencer mi pertinaz vértigo y haber saltado al agua desde las rocas (3 metros no parecen gran cosa hasta que subes y miras abajo...). Y luego a tostarse un poco más, por si acaso no había cogido todavía suficiente color guiri (es decir, rojo gamba).


Para terminar el día, pizza y puesta de sol en una playa de arena a medio camino entre Bandol y Sanary. Sinceramente, espectacular.

Y esta ha sido la gesta de mi descubrimiento de la Costa Azul. Espero que la hayáis envidiado, y recomiendo vivamente que os animéis a explorarla por vosotros mismos; merece la pena.
¡Pero como me gusta vivir al Sur!
martes, 28 de julio de 2009
Noches locas, locas
La una y media de la mañana y heme aquí totalmente despierta escribiendo chorradas en mi blog. Y no es que acabe de llegar de fiesta o que me haya entretenido viendo una peli o algo, no; la razón es que la francesita pizpireta de voz aguda con la que comparto mi estudio se transforma ciertas noches en una especie de monstruo capaz de emitir ronquidos que asustarían a más de un fornido camionero.
Sí, sé que la pobre no lo hace aposta, por supuesto. No impide que ahora mismo sienta un deseo casi irrefrenable de meterla un calcetín por la laringe. Y a ser posible sucio.
Seguro que el juez coincide conmigo en que se trata de un caso claro de legítima defensa.
Sí, sé que la pobre no lo hace aposta, por supuesto. No impide que ahora mismo sienta un deseo casi irrefrenable de meterla un calcetín por la laringe. Y a ser posible sucio.
Seguro que el juez coincide conmigo en que se trata de un caso claro de legítima defensa.
sábado, 25 de julio de 2009
De sofá en sofá (y tiro porque me toca)
¿Qué hacen un chino, un alemán, una suiza y una española que no se conocen charlando juntos en un bar de Avignon?
Solución: surfear.
Para los que no hayan entendido el chiste, hace un mes me hice miembro de una comunidad de la que ya había hablado aquí, Couchsurfing (literalmente “surfear en el sofá”) que propugna una forma de viajar diferente: alojándose en casa de los habitantes del lugar.
Pese a mis iniciales reparos, mi primera experiencia en casa de un surfero fue increíble; el dueño del piso no sólo me acogió amablemente (bueno, a mí y a otras tres surferas) sino que se convirtió casi en un amigo. Y eso es porque CS va precisamente de eso, de estar en un sitio con un amigo que te acoge, te enseña la ciudad, sale contigo… Es una forma de solidaridad con el viajero, de conocer a gente estupenda y de ver una ciudad desde otro punto de vista, menos turista y más agradable.
En apenas un mes he tenido la oportunidad no sólo de alojarme en casa de un surfero, sino de acoger a gente aq
uí en Avignon. No a todos les he alojado, pero es que también puedes apuntarte sólo para acompañarles en sus periplos por la ciudad. El primer fin de semana salí de visita por la ciudad con una pareja de marselleses, el finde siguiente aprendí a bailar blues con un americano y fui al teatro con un hindú (el par de la foto), y a los tres días me tomé un helado con un chino recién llegado de Buenos Aires, una suiza que surfeaba en su casa y un aficionado al teatro alemán. Cada uno con sus relatos, sus ideas, sus experiencias pero, sobre todo, con ganas de compartir un momento con un amigo desconocido.
En agosto volveré a surfear en sofás ajenos, esta vez italianos (para los que no lo hayáis leído, ¡¡¡busco compañeros para el todo o parte del trayecto Avignon – Roma!!!) y sé que va a ser precisamente eso lo que convertirá mi viaje en una experiencia diferente. Y a la vuelta, ya sabéis que podéis contar con un sofá y una mano amiga en Avignon.
Sólo hay una contraindicación: surfear crea adicción.
Avisados quedáis.
Solución: surfear.
Para los que no hayan entendido el chiste, hace un mes me hice miembro de una comunidad de la que ya había hablado aquí, Couchsurfing (literalmente “surfear en el sofá”) que propugna una forma de viajar diferente: alojándose en casa de los habitantes del lugar.
Pese a mis iniciales reparos, mi primera experiencia en casa de un surfero fue increíble; el dueño del piso no sólo me acogió amablemente (bueno, a mí y a otras tres surferas) sino que se convirtió casi en un amigo. Y eso es porque CS va precisamente de eso, de estar en un sitio con un amigo que te acoge, te enseña la ciudad, sale contigo… Es una forma de solidaridad con el viajero, de conocer a gente estupenda y de ver una ciudad desde otro punto de vista, menos turista y más agradable.
En apenas un mes he tenido la oportunidad no sólo de alojarme en casa de un surfero, sino de acoger a gente aq
En agosto volveré a surfear en sofás ajenos, esta vez italianos (para los que no lo hayáis leído, ¡¡¡busco compañeros para el todo o parte del trayecto Avignon – Roma!!!) y sé que va a ser precisamente eso lo que convertirá mi viaje en una experiencia diferente. Y a la vuelta, ya sabéis que podéis contar con un sofá y una mano amiga en Avignon.
Sólo hay una contraindicación: surfear crea adicción.
Avisados quedáis.
jueves, 23 de julio de 2009
Yo tampoco me lo creo
Dice el Dragó en este artículo que lo de la luna fue todo un montaje...
Y digo yo que cuánta razón tiene. Ni a la luna, ni al espacio, ni al otro lado del Atlántico. Que de todos es sabido que Armstrong era un mamarracho sacado de una telenovela venezolana de poca monta. Y Colón, otro.
Y que la luna está muy lejos y después del Atlántico lo que hay es el cielo y Nuestro Señor Jesucristo, Amén.
Ya está bien de hablar de tecnología, señores, que aquí somos gente seria...
Y digo yo que cuánta razón tiene. Ni a la luna, ni al espacio, ni al otro lado del Atlántico. Que de todos es sabido que Armstrong era un mamarracho sacado de una telenovela venezolana de poca monta. Y Colón, otro.
Y que la luna está muy lejos y después del Atlántico lo que hay es el cielo y Nuestro Señor Jesucristo, Amén.
Ya está bien de hablar de tecnología, señores, que aquí somos gente seria...
jueves, 16 de julio de 2009
De teatro y otras locuras (II): el día que fui inmigrante ilegal

En mi periplo por el festival, intento siempre buscar obras diferentes, especiales, arriesgadas; y el otro día encontré a la candidata perfecta: "Ticket", una performance que propone seguir los pasos de un inmigrante ilegal que intenta pasar al "otro lado". Y menuda performance...
Para empezar, no se desarrolla en un teatro, sino que te dan cita al borde de un bosquecillo en medio de la isla de la Barthelasse (una islita que hay en el medio del Ródano a su paso por Avignon). Una vez todos los "inmigrantes" reunidos, aparece el protagonista ya en su papel de camello, dándonos instrucciones para pasar al "otro lado" sin demasiados problemas. Nunca des tu nombre ni tu lugar de origen. No des nombres de otros. No respondas, ni siguiera asientas o niegues con la cabeza. Si te preguntan algo, tú sólo responde: "King Phone". De lo contrario, serás deportado, y todo tu esfuerzo habrá sido inútil.
Una vez que se aseguró de que todos habíamos comprendido, nos hizo cruzar el bosquecillo, obligándonos a escondernos cada vez que pasaba un coche cerca y a correr en las zonas despejadas. "Y los viejos que no pueden correr se quedan atrás, no les esperéis".
Al final del camino nos espera un polaco que, armado de una metralleta y dando gritos incomprensibles, nos quita los pasaportes y tarjetas de identidad. Y ahora que todos estamos cansados, acojonados y sin papeles, nos conduce a la parte trasera de un camión, donde otro polaco nos mete a empujones y cierra con llave, dejándonos a oscuras y muertos de calor (aclaremos que un contenedor metálico cerrado a cal y canto a pleno sol una tarde de julio acaba pareciendo más un baño turco que un medio de transporte). En ese momento se integra a la troupe un cámara dedicado a grabar las caras de horror del personal con su cámara de infrarrojos, por si no habíamos sido suficientemente humillados.
Entonces comienza la segunda parte de la performance, en la que oyes más que ves, y sientes más que oyes. Se escucha una pelea a tiros entre los polacos y el camello que, por suerte, parece solucionarse sin muertos. De repente, el contenedor empieza a moverse, como si el camión se hubiera puesto en marcha. Entonces aparece entre nosotros una joven negra que nos cuenta su historia, su sufrimiento para llegar hasta aquí. Poco después el camión se detiene, se abre el portón y aparece uno de los polacos, el más asqueroso de todos, armado hasta los dientes y apuntándonos a los ojos con una linterna. Nos grita algo en polaco que suena a insulto. Se dirige hacia la joven y, delante de todos nosotros, abusa de ella, verbal y físicamente. Una vez satisfecho se va y el camión vuelve a ponerse en marcha. Dentro se ha hecho el silencio.
Después de un rato indeterminado, paramos y nos llegan voces desde fuera que indican que hemos llegado a la aduana. El portón se abre y los "inmigrantes" nos apartamos rápidamente, temiendo un nuevo ataque polaco. Sin embargo, es la policía; nos han descubierto. Ya nunca llegaremos al "otro lado". Salimos del contenedor lentamente, sudorosos y con miedo.
Entonces aparecen los actores a saludar, y les acogemos con un aplauso silencioso, intenso. Nos lleva un rato recuperar el habla, como si acabáramos de despertar de un sueño profundo. Nos devuelven los papeles y nos dan las gracias por haber venido.
No es sólo un magnífico espectáculo. Es un trozo de vida y, para muchos, una realidad personal; y eso es capaz de quitarle el habla a cualquiera.
En cualquier caso, si alguno de vosotros pasa por aquí durante el festival, no dudéis en acercaros a ver "Ticket". Merece la pena.
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